Sobre la soledad y la angustia contemporáneas

Para el psicoanálisis en la estructura psíquica del ser humano hay una falta inherente que no se puede obturar. Esta falta en ser (Heidegger) obedece a una falta primordial que se da por la entrada en el lenguaje, lo que hizo pasar al ser humano del instinto a la pulsión.

La pulsión se nos presenta pues como un volcán interno en constante erupción en busca de una satisfacción imposible de producirse del todo siendo causa de infelicidad. Esta infelicidad originaria debida a la propia constitución del ser es a su tiempo causa de lo que llamamos deseo (Dessal) por otra de ser imposible de colmar. Este deseo como pulsión de vida será una defensa frente a la angustia(en la medida que el sujeto se muestra como deseante retrocederá la angustia).

El deseo sale pues a la búsqueda de su objeto , un objeto condenado a ser siempre suplente de otra cosa; un señuelo o espejismo que trata de devolvernos la verdadera causa del deseo y que consiste en el anhelo de recuperar aquello que por nuestra condición de seres hablantes hemos perdido: la virtud de una satisfacción plena.

Aquí comienza la verdadera aventura del ser humano, puesto que el objeto hallado es y no es lo que anhelamos. De ahí que la insatisfacción sea la marca distintiva del deseo o como repite Lacan una y otra vez: “El deseo es siempre deseo de otra cosa”. Siendo el deseo la perversión de una necesidad el capitalismo se presenta como taponador de esa falta mediante objetos y productos.

Hay pues un vacío fundamental en el ser humano que introduce en el sujeto la vivencia de una pérdida irreparable. Esta pérdida irreparable que nos convoca constantemente a enfrentarnos con nuestra propia soledad (la soledad no tiene porque ser mala) es totalmente rechazada bajo el imperativo de “Goza”. Se nos empuja hacia un goce voraz e ilimitado que se traduce en el consumo de sustancias tóxicas y de infinidad de objetos. Las nuevas tecnologías permiten engañarnos con un objeto (ipad, móvil, los audífonos son un gran ejemplo de este empuje cada vez mayor hacia un goce autista) respecto a esta gestión imposible de la propia soledad. También las propias fantasías operarían como un objeto que impiden saber estar solo.

Decía Pascal que todas las tragedias del hombre se deben a que es incapaz de estar sentado tranquilamente en su habitación. Es evidente que la imposibilidad de gestionar esta soledad tiene que ver con ese volcán interior que llamamos pulsión (sexual, auditiva, escópica, oral, anal) y con la angustia que conlleva. Y este es el otro punto que quería desarrollar:

Durante mucho tiempo la angustia fue reconocida en psiquiatría como uno de los síntomas del trastorno mental. Las descripciones psiquiátricas se refieren en general a fenómenos mentales como la constante preocupación, aprensión y manifestaciones corporales tales como sofocación, palpitaciones, fatiga, vértigos, sudor, temblores. También han distinguido entre una angustia flotante, continua y la puntual de los ataques de pánico. Sin embargo no es un término estrictamente técnico pues se halla generalizado ( Chemama y Vandermesch).

Freud desarrolló una teoría de la angustia que podemos situar entre 1884 y 1925 y que sostenía que ésta era simplemente una transformación de la líbido sexual que no ha sido adecuadamente descargada pero en 1926 abandona esta teoría a favor de que la angustia es la respuesta, la reacción a una situación traumática, una experiencia de desamparo primordial ante una acumulación de excitación que no se puede descargar. Estos traumas son precipitados por situaciones de peligro tales como el nacimiento, la pérdida de la madre como objeto, la pérdida del amor del objeto y sobre todo la CASTRACIÓN. Lacan en sus escritos la situará inicialmente en la amenaza de fragmentación que siente el sujeto en la llamada fase del espejo ( el momento que el niño contempla su imagen por primera vez y siente que no puede controlar su cuerpo) dando lugar a los fantasmas de fragmentación corporal (el terror a ser absorbido por la madre devoradora).

Este punto es importante porque mientras en Freud la angustia está más vinculada a la separación de la madre, en Lacan a la imposibilidad de la misma. A partir de los años 50 la angustia será pensada como aquello que no puede ser simbolizado por el sujeto “lo Real”. Estaríamos hablando de lo que el sujeto traduce como una pérdida irreparable que comentaba al principio del texto.

El deseo en busca de un objeto aparecería pues como una defensa frente a la angustia.

Si hay algo que puede ofrecer un psicoanálisis es es un reconocimiento de la propia singularidad del sujeto que lleve a la aceptación de la soledad sin tratar de de buscar salidas compulsivas para huir de la angustia que produce el no reconocimiento de la misma.

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